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Principales retos agroalimentarios para abordar en América Latina

Sostenibilidad Latinoamérica

El principal desafío que enfrentan todas las naciones es lograr la capacidad de alimentar a los 9 mil millones de personas que habitarán en la tierra en el año 2050; esto representa el mayor desafío que la ciencia y la innovación han dedicado a esta área. América Latina no está exento de esta realidad. Según los datos proporcionados en el Foro Internacional Croplife VII, América Latina la agricultura, en la actualidadse pierde el 48% de su productos totales a través de diferentes etapas en la cadena de comercialización (CropLife Latin America, 2014b).

Los agricultores que tienen poco capital de inversión para implementar innovaciones sustanciales o revertir su dependencia se adhieren a los métodos agroindustriales, como el monocultivo. Asimismo, no explotan sus capacidades basadas en el conocimiento ancestral, que permite el mantenimiento y la convivencia con la dinámica introducida por la naturaleza. Además la utilización de variedades de especies vegetales mejoradas a través de los transgénicos aumentan el rendimiento en el corto plazo, pero tienen consecuencias a largo plazo que no pueden manejar. Su ignorancia de los efectos contradictorios de estas especies de plantas y la venta sin escrúpulos de estas variedades de las empresas transnacionales causan erosión genética. Por ejemplo, los principales productores mundiales de soja que se encuentran en América Latina (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay). Estos países utilizan métodos tales como la siembra directa, semillas transgénicas, herbicidas de amplio espectro y con acción selectiva sobre las especies, tales como el glifosato, y los insecticidas de alta toxicidad, tales como el endosulfán, para proteger de soja. El amplio desarrollo de esta cultura ha causado varias bajas: los productos agrícolas alternativos, como la carne, la leche, el maíz, el algodón y hortalizas; los bosques nativos de Argentina, Paraguay y Brasil; y los pastos naturales de la ganadería tradicional en Uruguay.

Los agricultores que utilizan el modelo agroindustrial profundamente han modificado su centro de desarrollo local y han desechado las tradiciones de la cultura antigua (uso de variedades locales, policultivo, abonos verdes y de control biológico de plagas) y adoptado monocultivos especializados, de alto consumo de energía y la dependencia de insumos externos que hacen a la conversión ecológica prácticamente imposible (Altieri y Toledo, 2010).

La ganadería de ocasión y las prácticas agrícolas de la extensiva e intensiva de monocultivos tener enormes impactos negativos sobre la biodiversidad y tienen altas tasas de deforestación. En una evaluación general de América Latina, Brasil ocupó el primer lugar en un ranking mundial de los valores de impacto ambiental absolutos, superando a los Estados Unidos y China. Es alarmante que en Brasil, los 2,6 millones de hectáreas de bosques han desaparecido en la última década. 

En los suelos de los trópicos, la mecanización excesiva impuesta por el modelo de monocultivo acelera la destrucción de la capa del suelo productivo. A diferencia de las zonas templadas, los suelos del trópico tienen una muy baja cantidad de humus debido a las temperaturas y la acidez elevada, que no favorecen su existencia en nuestros ecosistemas. 

Los esfuerzos del gobierno han demostrado ser insuficientes en relación con el desarrollo de conocimientos y tecnologías adecuadas. Las políticas públicas desarrolladas por países como Chile, Colombia o Perú estimulan la producción agrícola convencional con un uso intensivo de energía y productos químicos, que se dirige fundamentalmente hacia la exportación, guiado por las crecientes necesidades del mercado y sus exigencias, fomentando su inclusión global como proveedores de los bienes agroalimentarios. En vez de concentrarse en el desarrollo alternativo y sostenible, y la planificación inclusiva hay explotación intensa y la promoción de la innovación entre los proveedores locales de insumos (especialmente los pequeños y medianos agricultores), entre las empresas de producción y procesamiento del desarrollo rural.

Los centros de investigación, en este caso, las universidades latinoamericanas, como los centros de educación superior, no se han involucrado en las soluciones que los productores, comunidades y empresas locales y nacionales requieren. Las universidades han sido la enseñanza con una cultura institucional positivista, y pocos han participado en investigaciones de esta naturaleza. La hipótesis sobre las causas de la separación entre la Universidad y la sociedad podría ser debido a la mala gestión, la falta de claridad en cuanto a las prioridades, y la falta de financiación (Pomareda y Hartwich, 2006).

Por Ricardo X. Chávez, Emma D. Lombeida, Álvaro M. Pazmiño y Flora del C. Vásconez de la Universidad Técnica de Babahoyo (UTB), Facultad de Ciencias Agropecuarias. , Ecuador.

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